Últimamente mi vena literaria se ha desarrollado, ya he hablado de esto y no voy a volver a insistir en eso. También he hablado de cómo esto ha traído consigo un fetichismo relacionado con los útiles de escritura que, si bien ya tenía, ahora se ha convertido en algo obsesivo y persistente, pero, como parece alentar mi creatividad, lo estoy saciando.
En primer lugar, quise comprarme un cuaderno en el que fuera fácil escribir y cuyas hojas (octavillas, claro) estuvieran pautadas con rayas simples de color negro y sin margen. Fue y sigue siendo un fracaso, pero conseguí un mal sucedáneo (caro, papel malo y fino en el que cualquier pluma se corre, rayas azules con margen, presencia=0), y resultado de ello fue el ejercicio de estilo-relato “Mar y sol”.
Fotografías del cuaderno (próximamente)
Ya de antes tenía yo la costumbre muy arraigada de escribir en pluma, y cuando te regalan tintas exóticas, obviamente quieres escribir en pluma con tintas exóticas, no hay vuelta atrás, y además quieres que las mencionadas tintas tengan un acabado concreto. Es en este momento cuando te peleas con las plumas y el papel que usas; y si el papel es demasiado fino o simplemente malo, la pelea es dura y feroz.
En su día yo había rechazado las Moleskines por considerarlas una excentricidad exageradamente cara: su presencia no es cojonuda, su papel no es cojonudo ni mucho menos y te cobran demasiado por ellas (la mía unos 13 euros). Esto fue, claro, hasta que las llevaron a FNAC y me pillaron buscando “algo”, momento muy peligroso en el que te puedes comprar horteradas infumables o descubrir nuevos caminos para tus obsesiones. Así que me compré una Moleskine, y la guerra plumas-tintas-papel se recrudeció.
El caso de la Moleskine, una vez preparado yo para reconocer sus virtudes, me ha traído por la calle de la amargura. El papel, de un tono amarillento bastante friki, es lo más caprichoso y exigente que he visto jamás: tienes que hacer combinar el color de la tinta con el del papel, elegir una buena pluma (con las malas la tinta al secarse produce unos “capilares”) y rezar a tus dioses y demonios favoritos. El caso es que yo inicialmente me la compré para tomar notas en ella en plan grandilocuente, pero entre que ello me exige llevar una buena pluma (ompré una pluma desechable de Pilot, de bastante mejor calidad que la que su denominación sugiere, para no tener que llevar una de las buenas, pero no superó la prueba del papel) y que la Moleskine tiene mucha más dignidad que ser dedicada a un uso que la convertirá en un mero medio para otras cosas con una caducidad muy pronta y concreta, pronto cayó en la nebulosa temible y temida de “¿y para qué uso yo ahora esto?”.
Al final, tras encontrar plumas, tintas y un protocolo de toma de notas y selección de contenidos, he concluido destinarla a la función, mucho más elevada y esplendorosa, de “Diario literario”: en ella iré escribiendo mis relatos, comentarios que haga sobre ellos y el devenir de mi conciencia literaria, algo que hasta ahora jamás había hecho.
Pero el fetiche seguía ahí, con hambre, y ante mi negativa a comprarme una pluma más (que sería un capricho extraordinariamente gratuito y consumista), continuaba insistiendo en el cuaderno de rayas negras, que había pasado entonces a la categoría de toma de notas de pronta caducidad. Para ello, el primer cuaderno, relegado a “cosa que da tumbos por ahí molestando y que usaré sólo para cosas denigrantes o por capricho”, no servía, así que decidí volver al proyecto original del cuaderno sin espiral y sin cuadros añadiendo el nombre del tipo de cuaderno (”Miquelrius”; gracias, Lampu) y considerando la posibilidad de adquirirlo sin mis amadas rayas, que están muy bien para texto, pero que si me da por hacer dibujos o esquemas serían molestas.
Mi primera escala fue el Estudio que hay en Eroski, ya que el propio Eroski no tenía nada en este sentido. Vi algunos cuadernos de la marca Papyrus, pero eran finos y sólo con cuadros pequeños o más pequeños y el espantoso milimetrado; odio los cuadros, no puedo ni verlos. La chica de la tienda me dijo que aunque no los hubiera allí, en otras tiendas de Estudio podía haberlos, así que aproveché esta mañana para hacer una breve expedición que no terminó como yo pensaba.
Esta mañana, realizando junto con una compañera de curro la matrícula de las oposiciones, me vi en la necesidad de hacer fotocopias inesperadas, cosa que hay que agradecer al banco y a su manía de darte una sola copia de un resguardo para el que saben que vas a necesitar dos. Nos fuimos a Estudio, que pillaba cerca, pero habían retirado la fotocopiadora; para aprovechar el viaje, pedí un cuaderno “en plan Miquelrius”. La dependienta desapareció durante un buen rato, y a mí ya me estaba dando una cierta vergüenza, porque habíamos ido a algo muy concreto y estábamos perdiendo el tiempo con algo que yo podía comprar en cualquier otro momento y con más calma. El caso es que la chica apareció no con un cuaderno en plan Miquelrius, sino con dos Miquelrius hechos y derechos: uno de folio y otro de cuadros. Adquirí el de folio con cierta renuencia, ya que su precio era de 7.29 euros, aunque lo rebajé un poco estrenando el carnet de profesor que me saqué el otro día.
Aún no lo he probado, pero es muy robusto, se abre bastante bien (aunque yo hubiera preferido que fuera algo más maleable) y el papel es de calidad. Lo que no me convence es ese aspecto tan clasicón, tan de oficina con esa cosa blanca y roja, pero bueno.
Más fotos de la Moleskine:
Por supuesto, la original no tiene esos números de página. Lo que pasa es que he cogido la foto de Internet en vez de enmierdarme con el marrón de sacar una que no me va a gustar.
Ahí se ve el color amarillento del papel (que no es así, pero bueno), las rayas negras sin margen y el lazo marcapáginas integrado.
Aquí se ve muy bien el detalle de la tira de goma para cerrar la Moleskine. Su único defecto es que la presión deforma un poco las partes del cuaderno que la soportar; tampoco es algo para cerrar a toda prisa, ya que es fácilmente retorcible. Otra foto sacada también de Internet.